03 julio, 2017

Un regalo.

Voy a cobrar próximamente un dinero de la herencia de mi madre. Lo primero que se me ha ocurrido es –como recuerdo de su abuela- regalarles un Iphone a mis hijos que se han quedado con los ojos a cuadros. El móvil más caro que ha tenido mi hijo debió costar 200 o 250 euros, con lo cuál esto es algo muy especial para él. El que tenía mi hija aún era más barato porque ya perdió varios.

Pero a lo que iba. ¿Por qué un Iphone? Ellos me han explicado que aunque existen Sansung tan buenos y tan caros como el modelo que les he regalado. (Iphone 7 -128 g), ellos preferían un Iphone. ¿Por qué?

Con independencia de lo que ese móvil realmente haga –o no hagan otros- el Iphone es un signo ostensible de riqueza. Y esa es una parte de su valor. No les regalo un Iphone, les regalo prestigio, distinción, glamour.

Eso es lo que sin ser muy consciente he querido hacer y eso es lo que a ellos –más inconscientes aún- les gusta del asunto.

Y me da un poco de rabia porque yo, en mi ingenuidad, me creo que no valoro el prestigio. Que paso del reconocimiento social. Y no es cierto porque la apariencia ante los demás me importa muchísimo. Solo hay que ver qué nervioso me pongo si en algún momento puede mostrarse una fisura en mi imagen pública. Lo conté aquí. Pero cuento otro ejemplo. La inspección solicitó ver el libro de reuniones del Departamento. Era marzo, y no tenía hecha ni una sola acta de todo el curso desde septiembre. ¿Sirven para algo las actas? No, es burocracia vacía. Pero no se trata de eso. No se trata de que sea mejor o peor profesor por llevarlas al día. Lo que estaba en juego era que la inspección, la dirección del centro y mis propios compañeros de filosofía me sacaran los colores por no cumplir con una obligación de mi cargo de jefe de Departamento. Las hice todas en una tarde, deprisa, nervioso, con mala conciencia, con sentimiento de culpa. ¿Por qué? ¿Por no haber cumplido con mi deber? No. No os engañéis. Por el temor de haber podido aparecer ante los demás como un incumplidor del deber.

En una palabra. No el ser, sino la apariencia.

Y alguno os sonreís con suficiencia. ¿Pero quién te crees que eres? El prestigio … ¿¿de un profesor de instituto??


Cito a Nietzsche: “Hasta un mozo de cuadra necesita sus admiradores”.

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Durante este mes voy a colgar una entrada diaria. No me olvido de "Estudios del malestar".

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