29 septiembre, 2014

Un libro estupendo.

Luis Landero es novelista. No recuerdo haber leído ninguna novela suya, pero este libro no es una novela. Él pensaba escribir otra más y en el primer capítulo podemos leer el comienzo de la estaba empezando. Pero de pronto se da cuenta de que está perdiendo el tiempo, de que se pasa las horas escribiendo y que está harto de inventar historias… 
Se pone a divagar sobre lo que ha sido su vida y empieza a contar recuerdos de su madre, de su infancia, de la difícil relación con su padre. De todas las cosas en las que trabajó antes de llegar a convertirse en escritor.
No sé si todo lo que cuenta es cierto pero el libro rezuma verdad por los cuatro costados.

Su padre fue un hombre muy exigente, que le inspiraba miedo. Por esa razón es emocionantísima la escena en la que va a verlo al hospital el día que murió. La copio aquí aun a riesgo de haceros un spoiler, aunque el texto se encuentra en el centro del libro.

“En la habitación estaban mi madre y mi hermana la mayor, las dos solícitas y apuradas, queriendo hacer algo pero sin saber qué hacer ni por dónde empezar, entregadas absurdamente a una actividad tan frenética como infructuosa. Mi padre ya había empezado con las ansias de la muerte. Se sentaba en la cama, iba al sillón, volvía a la cama, se tumbaba, se incorporaba, quejoso y suspirante, como un animal acorralado intentando huir de sus perseguidores. Y en un momento dado, una de las veces que se sentó en la cama, me miró. Yo no le había visto nunca aquella mirada. Era una mirada de miedo, indefensa, y sobre todo implorante. Me miraba implorando algo, quizá mi cuidado, mi cariño, mi protección. Fue algo fantástico, como un sueño. De repente yo me había convertido en el padre y él era el hijo, el desvalido y el desamparado, la víctima que mendiga un poco de piedad a quien tiene poder para otorgarla. Fue una mirada larga, de una intensidad reveladora: en un instante nos dijimos más cosas que en toda nuestra vida. Pero ya era tarde para todo. Desde que entré en la habitación (o quizás antes, no recuerdo, ya mi madre me había alertado de la gravedad) yo sabía que se iba a morir, que se estaba muriendo. Lo sabía con tanta certeza como si ya hubiese ocurrido. Una certeza alimentada quizá por una oscura, recóndita, innombrable esperanza. Pero no lo sé, no lo sé. Solo sabía que él se iba a morir y que mis amigos me esperaban abajo y que yo quería irme, huir cuanto antes de allí, encender un cigarrillo, escapar hacia la ansiada libertad de aquella tarde luminosa de mayo.”
Mi padre se enteró por la prensa de la existencia de este libro. Se lo mandó comprar a la asistenta y hace dos días me lo pasó después de haberlo leído.

En la página en blanco tras la portada ha escrito: este libro no tiene palabras huecas.

1 comentario:

  1. Gabriel Unzu Olaz30/1/15 19:49

    También a mí ese pasaje me ha conmovido. Y me parece un ejemplo de escritura que escala hasta la perfección y la sencillez.

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